Cuento de Navidad

I

Y los árboles sustentan en sus ramas parte de la parafernalia de la fiesta. Su belleza natural, atemporal, universal, torna ahora a espectáculo intermitente y luminiscente: bombillas rojas, bombillas verdes, bombillas amarillas, bombillas azules, se encienden y se apagan, se encienden y se apagan… ¡Precioso! ¡Que lindo tesoro de colores!

II

Escondido entre el deambular de la gente, un mendigo está sentado en un escalón con su mano tendida hacia la compasión. Se le acerca una joven elegantemente vestida, le deposita unas monedas y después le dedica al hombre una sonrisa de complacencia tan plena, tan sincera, tan honda, que muestra inequívocamente a mis ojos que la nena se ha gastado veinte duros en sentirse harto solidaria y navideña. El mendigo le devuelve otra sonrisa que los cánones establecen ha de ser de gratitud, pero yo intuyo que es de satisfacción sensual, pues no todos los días recibirá tan agradables visitas, menos aun estando hundido en la miseria. Clavo mis ojos en los del “agraciado”, tratando de adivinar que ha sido de su alma tras que-sé-yo cuantos años de indigencia, y no logro aprehender nada. Tampoco entiendo la felicidad de aquella joven.

III

Antonio no ha tenido más armas para luchar en la vida que un azadón. Con él ha ido batallando contra la infertilidad de su parcela de tierra. Año tras año, sequía tras sequía, sol tras sol, ha ido cavando un hueco de decencia en la sociedad capitalista occidental. Ha luchado contra los recortes presupuestarios, los cambios macroeconómicos, las crisis del estado del bienestar… Últimamente, una enfermedad estomacal le mantiene en alerta.

El día 22 le tocaron 30 millones en la Lotería de Navidad. El día 23, en el bar, su amigo de toda la vida, casi su hermano, bromeaba:

- ¡Vamos! ¡Toma el azadón y sigue cavando! ¿Qué vas a hacer si no?

- ¡Ya no! -, decía Antonio mientras sonreía-. Ya no cavo más.

Y las alegrías se le van clavando en el estomago como si fueran penas, las ilusiones le socavan las entrañas así como lo harían los peores fracasos; así como al suicida le ha corroído la vida, a Antonio le va corroyendo la prisa por desenterrar aquellos sueños de juventud, el deseo de dar un empujón a la “economía” de sus hijos para verlos así felices: el ansia por «tantas y tantas cosas que se le pasan a uno por la cabeza»… Y es que los nervios son nervios, tengan el origen que tengan.

El día 24, por la mañana, le da a su mujer cincuenta mil pesetas para que llene la despensa, para que ponga caviar en los rincones ganados por las telarañas. Al llegar la mujer a casa, cargada de bolsas llenas de extrañas cosas, Antonio está muerto, con el estomago hinchado como un globo. Ya no tendrá que cavar más, seguro.

IV

Y la gente se patea las calles escrutando escaparates, buscando un regalito con el que demostrar al prójimo que se le quiere y, de paso, rebuscando alguna cosa con la que sentirse mejor. Los centros comerciales se convierten en colmenas de afanosos consumidores que danzan entre las estanterías al compás de la publicidad. Mientras, se fabrica la agria miel del engaño. Se asocia la felicidad a un producto de limpieza, la virilidad a una colonia, el poder a un coche y la estupidez humana a su estúpida complacencia: “Esta sartén fríe muy bien los huevos y además quita el reuma, señora, lo dicen los científicos”.

Se alza ante nosotros una sugerente maquinaria que nos permite, por un módico precio abonable en cómodos plazos mensuales, “ser” lo que no somos y, por supuesto, nunca seremos. El hombre, tiempo atrás definido por sus actos y sus logros, busca ahora pertenencias que lo definan; gigantes con los pies de barro y el cerebro de hojalata, héroes que luchan contra los plazos bancarios con artimañas de contable-equilibrista-doméstico, almas escondidas tras una infinidad de cacharros; ilusos.

Y es que el ser humano es tan solo un animal que ha interpuesto entre su alma y la satisfacción de los anhelos propios de esta una inmensa y enrevesada telaraña hecha con hilos de acero en que suele caer atrapado junto a una etiqueta que reza: fracasado. Mas de ese molesto designio nos puede redimir algún elegante sombrero, un reloj con doce alarmas musicales o una maquina pela-gambas.

V

Y los árboles sustentan en sus ramas parte de la parafernalia de la fiesta. Como siempre.

~~~w0w~~~

PD1: El cuento es un poco antiguo. Los que se relata en la parte III creo recordar que ocurrio en Armilla, o en algun pueblo del cinturon metropolitano de Granada.

PD2: Feliz Navidad a todos.

PD3: De la obra Cuentos, misivas irreverentes y malas hierbas, inscrita en el Registro Territorial de la Propiedad Intelectual de Andalucía.

3 Comments

  1. O si es muyt cierto, cada vez se pierde mas el espiritu.
    Por eso yo mejor compro un pedazo de madera o metal, y lo grabo o lo tallo, para dar un lindo regalo, que si bien ocupa espacio, vale mucho mas que los demas, por que uno lo hice, por que tiene un mensaje cachondo, o algo lo hace especial a ese pedazo de metal que anuncia lo que siento.

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