Miedos y pesadillas infantiles, por Joshua Hoffine. De fobias y temores necesarios.
mayo 2, 2008 – 12:02 amJoshua Hoffine es un norteamericano de Kansas City (Missouri) que le ha dedicado una serie fotográfica a los miedos y pesadillas infantiles. Esto es una muestra.




Fui un coleccionista de fobias durante la infancia, aunque las arrastraba durante épocas y al final las terminaba superando. Sufrí miedo a la oscuridad (escotofobia), así que para quedarme dormido mis padres tenían que dejarme una lampara encendida; no me duro mucho tiempo. Otro pánico a edad temprana fue el rechazo al agua (hidrofobia): cuando me duchaban sentía que me ahogaba, y mi madre tenia que colocarme una toalla pequeña sobre la cabeza para que no me cayera agua en la cara. Este también lo solté rápido. El temor a salir a la calle (agorafobia) me venia intermitentemente por épocas siempre cortas, pero tras la pubertad ya no quedo ni rastro de ello. Por ultimo, el miedo a la noche (nictofobia) lo arrastre hasta la adolescencia, y cuando lo supere me convertí en un noctambulo empedernido.
El caso es que muchos miedos irracionales están cargados de lógica: evitan que el ser humano se exponga a situaciones peligrosas, luego estos han sido vitales para nuestra supervivencia como especie.
De hecho, lo peor que le puede pasar a una persona es carecer de ciertos miedos. Yo adoraba el fuego, y estuve a punto de pagarlo seriamente varias veces. La colección de quemaduras que reuní durante la infancia fue digna de mención. También la de cortes gracias a mi despreocupación en el uso de cuchillos y cuchillas (de esto me quedan algunas cicatrices en las manos y muñecas). Tampoco le temía a las alturas (me encantaba escalar y subirme a todos los sitios), luego alguna que otra vez estuve a punto de despeñarme. El miedo al fracaso (atiquifobia) también lo considero vital, pues cuando desaparece te puedes quedar sin motivación para llevar a cabo tus retos y proyectos personales: creo que es un buen acicate para conseguir el éxito. No obstante, se vive mucho mas relajadamente cuando te das la oportunidad de fracasar, pues siempre hay tiempo para intentarlo de nuevo y hacerlo mejor. Por otra parte, tengo la manía de exponerme a situaciones peligrosas para sentir por un instante una emoción fuerte; por ejemplo, acercarme en la calle a algún coche que pase velozmente hasta casi rozarlo. Mención aparte merece el perderle el miedo a la muerte, y sentir que no te temblaría el pulso a la hora de pegarte un tiro en la cabeza. Afortunadamente, en este tema nunca se me ha juntado el hambre con las ganas de comer. En resumen y según mi experiencia personal, los miedos son necesarios, aunque cuando son demasiado intensos pueden llegar a suponer un grave problema.
Pregunta: ¿Cuales fueron tus miedos infantiles?





















































