La amiga Belkis nos ha traducido amablemente el polémico texto.
Recomendaciones del Consejo de la Juventud de Valencia para la visibilidad de lesbianas, gays, transexuales y bisexuales en el lenguaje
Lesbianas, gays, transexuales y bisexuales estamos en todas partes: en la escuela y la Universidad, en todos los pueblos y barrios, en el paro o trabajando en las fábricas, en el campo o en los despachos. Estamos también, por supuesto, en el asociacionismo juvenil, en cualquier tipo de entidad.
Lesbianas, gays, mujeres y hombres transexuales y bisexuales estamos allí, aunque no siempre visibles como tales. Aún sufrimos en todos estos ámbitos, a pesar de los enormes avances que hemos vivido recientemente en el estado español, una presión social que nos invita a esconder nuestra orientación o identidad de género, discriminación que parte de la consideración social de la heterosexualidad como única orientación sexual con derecho a acceder al espacio público, y que trata de mantener así oculta en el armario toda la diversidad sexual realmente existente.
Por eso, la visibilidad social ha sido, y aún es, uno de los principales objetivos del movimiento LGTB (lésbico, gay, transexual y bisexual). Que la diversidad sexual sea reconocida públicamente, que todas las realidades sean visibles en igualdad de condiciones, significa que poco a poco vaya desapareciendo de nuestra sociedad la presunción de heterosexualidad, así como la adscripción sistemática a un género determinado, masculino o femenino, a partir de unas cuantas características físicas.
Cuando, a priori, identificamos como heterosexuales a todas aquellas personas que no han manifestado explícitamente ser lesbianas, gays o bisexuales, estamos partiendo de una concepción de la heterosexualidad como aquello normal y normativo, aquello que se presupone mientras no sea contradicho. Estamos reforzando, en definitiva, la norma heterosexista, de la misma manera que lo hacemos cuando obviamos la existencia de personas transexuales, que no se identifican con el sexo que socialmente se les asigna por los genitales u otros aspectos sexuales secundarios con los que han nacido.
El heterosexismo en el lenguaje
Lejos de la neutralidad y la objetividad que a menudo se le presupone, el lenguaje es siempre producto de una sociedad: a la vez refleja y contribuye a mantener las discriminaciones y exclusiones que se producen en su sí, entre otras las que son fruto del patriarcado y del heterosexismo.
Ahora bien, el lenguaje nunca es fijo, de hecho se encuentra en permanente evolución. Conforma nuestra visión de la realidad social, y los cambios que se producen en esta realidad van al mismo tiempo conformándolo. Se trata así de un espacio privilegiado desde donde podemos liderar la transformación social hacia un mundo más igualitario y respetuoso con la diversidad.
En este sentido, la lucha por la visibilidad social ha de ir acompañada de un esfuerzo para conseguir la visibilidad cotidiana en el lenguaje de lesbianas, gays, transexuales y bisexuales, así como de las relaciones afectivas y sexuales que establecemos y las familias que formamos. No se trata de considerar estas realidades como una excepción a visibilizar solamente en momentos puntuales, en textos que tratan específicamente sobre la diversidad sexual. Más bien al contrario, nuestra meta como personas, y especialmente como asociaciones comprometidas con la igualdad, ha de ser reflejar de forma sistemática en nuestras comunicaciones la diversidad sexual que podemos encontrar en nuestra sociedad, y no ceder en todo caso, con la excusa de la economía lingüística, a usar fórmulas que contribuyan a reforzar la norma heterosexista.
Si el uso de un lenguaje no sexista tiene como objetivo tratar de forma igualitaria a mujeres y hombres, sin obviar a las primeras con la excusas de utilizar el género masculino como universal, el uso de un lenguaje no heterosexista se caracteriza así, principalmente, por el rechazo a la presunción de heterosexualidad.
Recomendaciones practicas para el uso de un lenguaje no heterosexista
1. No presumamos ninguna identidad ni orientación a nuestro público receptor.
Cuando nos comunicamos con un público general, donde tienen cabida personas de cualquier sexo, orientación sexual e identidad de género, pensemos primero si nuestro mensaje tiene sentido para todas las personas o si, por el contrario, genera exclusiones. Por ejemplo, con frases como «Habrá que organizar algún taller de prevención de embarazos no deseados, ya que a vuestra edad seguramente comenzaréis a mantener relaciones entre chicas y chicos», escondemos la existencia de relaciones sexuales entre personas del mismo sexo, a la vez que estamos excluyendo de nuestro público a los y las jóvenes que se identifican como lesbianas, gays o bisexuales. En este caso, podríamos sustituir simplemente el eufemismo “relaciones entre chicas y chicos” por el término “relaciones sexuales”, mucho más riguroso y respetuoso con la diversidad. Cuando hablamos de relaciones sexuales, por tanto, podemos hacer uso de genéricos como “miembros de la pareja”, “personas que mantuvieron una relación sexual”, etc, con el fin de no privilegiar un único modelo de sexualidad. Ahora bien, es recomendable combinar el uso de estos genéricos con al menos con alguna mención explícita a la diversidad sexual, de forma que siga clara la intención de incluir lesbianas, gays, transexuales y bisexuales en esas fórmulas.
En la comunicación personal, si se desconoce la orientación sexual de una joven y queremos saber si mantiene una relación estable con alguna persona, por ejemplo, habrá que preguntarle si tiene pareja, en genérico, en lugar de presumir su heterosexualidad preguntándole si tiene “novio” o “marido”. Así mismo, se recomienda utilizar pronombres neutros cuando nos referimos a una persona que no sabemos con seguridad si se identifica como hombre o como mujer.
Si somos conscientes de que hablamos con una persona transexual, no tenemos que identificarla con su género de nacimiento sino en función del género con el cual esta persona se autoidentifica.
2. No añadamos marcas de género u orientación sexual excluyentes a un sujeto emisor abstracto.
Es importante no asumir tampoco una identidad excluyente cuando construimos un mensaje cuyo emisor no es una persona sino un órgano e incluso todo el conjunto de la asociación, como pasa a menudo en nuestras campañas, notas de prensa, boletines internos, etc.
Así, la frase «Nuestra asociación ha de ser respetuosa con personas de otras orientaciones sexuales, sean lesbianas, gays o bisexuales», presupone un emisor colectivo, masculino y heterosexual.
A menudo se habla así de lesbianas, gays, transexuales y bisexuales desde una posición marcadamente ajena, siempre en tercera persona. Esto refuerza la idea de una asociación formada esencialmente por personas heterosexuales cuyo sexo, además, se corresponde con el cuerpo en el que han nacido. Una asociación donde lesbianas, gays, transexuales y bisexuales no somos nunca sujeto, sino que nos encontramos condenadas a la alteridad, a ser siempre los y las otras.
Esta misma idea se transmite, por ejemplo, cuando utilizamos expresiones como «chicas con una orientación sexual diferente» para referirnos a chicas lesbianas y bisexuales. Hemos de tener cuidado de no construir un nosotros excluyente, para lo que es recomendable utilizar el plural inclusivo, es decir, la primera persona del plural, cuando hablamos de todas aquellas realidades que queremos considerar como una parte integrante de nuestra asociación.
3. Recordemos la diversidad de modelos familiares existentes en nuestra sociedad.
A menudo partimos de un modelo excluyente de familia, que trata de demostrar su naturalidad. Hoy sabemos que la filiación no está necesariamente vinculada al acto sexual. Por tanto, tenemos que superar los esquemas biologicistas que presuponen siempre la existencia de un padre y de una madre. La frase «Rogamos que a la próxima reunión venga tanto el padre como la madre del niño o la niña» trata de incidir en la corresponsabilidad de hombres y mujeres en el cuidado de los hijos, pero olvida que hay hijos e hijas de padres y madres solteros, de familias homoparentales (con dos madres o dos padres), etc. La oración del ejemplo se podría sustituir por la siguiente: «Rogamos que a la próxima reunión vengan todas las personas, tanto mujeres como hombres, al cargo de cada niño o niña».
4. No olvidemos visibilizar la realidad lésbica, bisexual y transexual.
La homosexualidad masculina es sólo una parte más de la diversidad sexual. No obstante, dentro del propio colectivo LGTB encontramos diferentes grados de invisibilidad, de forma que la homosexualidad masculina y el término gay acaparan habitualmente todo el protagonismo. A menudo oímos así hablar de la “comunidad homosexual”, el «Día del Orgullo Gay», etc, lo que contribuye a mantener un mayor desconocimiento sobre las situaciones específicas de lesbianas, transexuales y bisexuales.
Tenemos que intentar pues que todas las realidades a las que nos estamos refiriendo se vean reflejadas en nuestro lenguaje. En este sentido, se ha de tener en cuenta que el término “homosexual” no incluye en ningún caso a las personas transexuales ni bisexuales, y que además está socialmente asociado al homosexual masculino, por lo que su uso suele comportar también la invisibilización de las lesbianas. Al mismo tiempo, al hablar de específicamente de transexuales, es recomendable explicitar que dentro de este colectivo encontramos tanto mujeres como hombres, con el fin de no invisibilizar a estos últimos.
Si se quiere atender al principio de economía lingüística y aligerar un texto, en cualquier caso, se pueden usar las siglas LGTB: «comunidad LGTB» en lugar de «comunidad de lesbianas, gays, transexuales y bisexuales», «Dia del Orgullo LGTB» en lugar de «Dia del Orgullo Lésbico, Gay, Transexual y Bisexual», «LGTBfobia» en lugar de «lesbofobia, homofobia, transfobia y bifobia», etc.
Por último, no tenemos que olvidar que ahora mismo hay realidades bastante desconocidas para la mayoría, como son las personas transgénero (personas que no se identifican con ningún género) e intersexuales (personas que presentan simultáneamente características sexuales masculinas y femeninas), que habrá que ir conociendo e incorporando también en nuestro discurso.
5. No utilicemos expresiones peyorativas o insultantes.
La invisibilidad general de los LGTB en el lenguaje ha venido acompañada, además, de un conjunto de expresiones peyorativas o con un sentido claramente insultante hacia las lesbianas, gays, transexuales y bisexuales. Nuestra visibilidad parece condicionada, así, a la reproducción de los prejuicios y a la difusión de la fobia hacia la diversidad sexual.
Términos como “bollera”, “marimacho”, “marica”, etc, son algunos de los insultos y burlas más comúnmente utilizadas por toda la población, y son utilizados tanto en su sentido literal como completamente vacías de significado. En ambos casos, sin embargo, su uso contribuye a mantener los prejuicios y a extender, así, la LGTBfobia.
Muy arraigadas en nuestro lenguaje cotidiano, encontramos también otras expresiones heterosexistas como “dar por el culo” o “mariconada”, entre muchas otras, que a menudo utilizamos sin voluntad de ofender. No obstante nuestra intención, el uso irreflexivo de estas expresiones suponen la difusión y el refuerzo de un imaginario LGTBfóbico, por lo que se ha de hacer un especial esfuerzo para no utilizarlas y, además, no justificar su uso argumentando que son empleadas en un sentido no literal.